La avenida hervía. El aire era una madeja de bocinas, de ruidos procedentes de una obra cercana y de voces; muchas voces. Los coches se deslizaban como peces metálicos entre las manos mojadas de un niño. En los escaparates del Corte Inglés, los maniquíes parecían observar el bullicio con la serenidad de los muertos. Ramón caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, sin mirar a nadie, como si buscara un compás más antiguo que el de la ciudad.
El sol se filtraba entre los edificios altos y dejaba franjas amarillas sobre el asfalto. La gente pasaba a su alrededor como un río de cuerpos que no dejaba ver el fondo. Cada rostro era un destello, una sílaba en una conversación demasiado rápida para seguirla. Solo caminaba entre sombras y reflejos, siguiendo el hilo invisible de sus propios pensamientos.
Había salido sin rumbo, como casi todas las mañanas que el tiempo lo permitía. Le gustaba perderse entre las calles que ya no reconocía del todo. Habían cambiado los nombres, los árboles, los balcones. En su memoria aún estaban los cafés de hace cuarenta años, el olor a ensaimada recién hecha, la tienda de ultramarinos de la esquina. Ahora solo quedaban escaparates con luces frías y letreros que gritaban descuentos.
Junto a una farola, un saxofonista tocaba Baker Street con una melancolía que parecía ajena a todo lo demás. Ramón se detuvo un momento; aquel sonido parecía flotar por encima del tráfico, lleno de una tristeza que no necesitaba palabras. Algo en esa música le abrió un pliegue en la memoria: una terraza de
verano con olor a mar, risas que se perdían en la noche y un vestido azul deslizándose entre las mesas.
Siguió caminando, más despacio. Las notas del saxofón se diluían tras él, pero aún sentía con esfuerzo su eco. Pensó en lo extraño que era seguir vivo mientras todo lo demás cambiaba. En cómo la vida se encoge, se repliega sobre sí misma, y uno termina caminando entre fantasmas que solo él puede ver.
A la altura de la plaza de España, una ráfaga de aire le trajo olor a perfume. Giró la cabeza sin pensar, como si ese aroma fuera un hilo que lo tirara hacia atrás en el tiempo. Entonces la vio, al otro lado del paso de peatones, esperando que cambiara la luz para cruzar.
De cabello gris, pero la misma forma de recogerlo; la manera de sostener el bolso contra el cuerpo; incluso el gesto leve de impaciencia en los labios. El corazón le dio un vuelco que lo sorprendió por su violencia. Podía ser ella y podía no serlo.
La gente se cruzó entre ellos cuando el semáforo cambió, un torrente de rostros sin nombre como figurantes en cualquier película. Cuando la multitud se disipó un poco, ella ya estaba caminando en dirección contraria, absorbida por el flujo.
Se quedó quieto, sin atreverse a llamarla. Tal vez era mejor así, pensó. En los recuerdos, las personas no envejecen.
El ruido volvió a rodearlo: motores, pasos y voces; más voces. Otro saxofón parecía insistir en su melancolía. Y él, entre toda aquella prisa, reanudó su camino, despacio, como quien avanza dentro de un sueño que no nunca termina.