La «ribella» de plástico azul

Relatos

La "ribella" de plástico azul

Eran alrededor de las siete de la tarde cuando mi padre, desesperado, llamó al hospital para hablar con el médico de guardia. Le explicó la situación con la voz entrecortada, del otro lado de la línea escuchó una respuesta firme: “Le envío una ambulancia, lo intervendremos de inmediato”. Todo ocurrió muy deprisa. En cuanto la ambulancia llegó a casa, subieron al abuelo y se lo llevaron directamente al quirófano.
La espera fue interminable. En la sala estábamos mi padre, mi madre, mi abuela y yo. Nadie hablaba; el silencio se mezclaba con el zumbido de los fluorescentes del pasillo y el olor a desinfectante. Cada minuto pesaba como una hora. Yo no podía dejar de pensar en mi abuelo, en las clases de acuarela, en su manera de llamarme “al.lotet” con cariño. Tres horas después, por fin, se abrió la puerta. Salió el anestesista, el doctor March si no recuerdo mal, con el rostro cansado y la mirada perdida. Mi padre se levantó enseguida, casi tropezando con la silla.
—¿Cómo ha ido? —preguntó con voz tensa.
El médico lo miró, hizo una pausa y respondió con una frialdad que todavía recuerdo:
—Si no se muere en el quirófano, se morirá en la habitación. Es imposible que sobreviva. El doctor García ha tenido que extirparle más de cuatro metros de intestino delgado.
El silencio fue absoluto. Nadie supo qué decir. Vi cómo la expresión de mi padre se desmoronaba, cómo su mirada se nublaba de impotencia. Aquellas palabras cayeron sobre todos nosotros como una losa. La esperanza se volvió mínima, casi invisible.
Dejé de percibir el zumbido de los cebadores; los pasos de mi padre y los sollozos de mi abuela se convirtieron en el ambiente sonoro en aquella sala. Pasó otra media hora hasta que salió el doctor García. Tenía las manos cruzadas y la voz grave, pero hablaba con una serenidad que, de algún modo, nos sostuvo. Explicó lo que habían hecho: una válvula artesanal para que si conseguía sobrevivir no fuera siempre de diarrea. También detalló los riesgos, las complicaciones… Luego miró a mi padre y le propuso algo inesperado:
—Si quiere, puede venir a ver lo que hemos tenido que quitarle.
Mi padre dudó unos segundos. Yo no quise dejarlo ir solo. Le dije que lo acompañaría. Entramos juntos en el quirófano. Recuerdo el frío del metal, las luces potentes que blanqueaban todo, el olor penetrante del alcohol y del látex. En una esquina, sobre una mesa metálica, había una “ribella” de plástico azul. Dentro, enroscados como serpientes, reposaban los intestinos azulados por la sangre coagulada que habían extraído. No sentí asco, pero sí una impresión profunda, una mezcla de curiosidad, miedo y respeto.
Aquel día, con dieciséis años, entendí por primera vez lo frágil que puede ser la vida y la entereza que requiere mirarla de frente.