«Ahora ya no temía a las batas blancas», pensó la mamá de Sheila mientras acariciaba la pulsera de colores que le había hecho su hija durante la segunda sesión en el hospital. Fue el día en que su niña descubrió que no todas las batas eran iguales. Las de los payasos que la visitaron en la habitación eran rojas, verdes, amarillas… y estaban llenas de bolsillos de distintos colores. El primero que entró sacaba pompas de jabón infinitas; después otro con una gran nariz, hizo aparecer un ramo de flores de papel que le ofreció rodilla en tierra; y la payasa de trenzas azules le estuvo cantando una canción que hablaba de valentía sin nombrar la palabra miedo. Todos los martes y jueves recibía su visita. Cuando les oía acercarse por el pasillo despertaba su sonrisa y los ojos empezaban a brillar de emoción.
El alta se la dieron un miércoles después de la última sesión. Sheila se entristeció porque pensó que no podría despedirse de sus alegres y coloridos amigos.
Al salir, se encontró bajo un arco de flores de colores con los payasos llevando las batas blancas y a su doctor y enfermeras con las batas de colores.