El año de las ciruelas dulces

Relatos

El año de las ciruelas dulces

En la penumbra de la habitación, el aire estaba impregnado de un olor a madera vieja y a ropa guardada demasiado tiempo en los cajones. Miguel se había quedado adormilado en la butaca junto al ropero que le regalaron sus padres meses antes de casarse, es de las pocas cosas que aún recordaba, no así de sus nombres ni de sus caras. La sensación de que la manta se deslizaba poco a poco por sus rodillas hizo que abriera los ojos, entonces la vio.
María estaba allí, sentada en el borde de la cama, con las manos juntas sobre el regazo. La luz de la tarde se filtraba detrás de ella, desdibujando su silueta. Miguel parpadeó, por un momento incrédulo, pero sin sorpresa; más bien una calma serena, como si su presencia fuese tan natural como el aire que respiraba.
—María… —murmuró, y la palabra se quedó suspendida, vibrando en el silencio.
Ella no respondió. Sus ojos, serenos, se mantenían fijos en él, y bastó esa quietud para que Miguel llenara los huecos con recuerdos. Recordó los paseos por la alameda, el murmullo de las palomas al levantar el vuelo, el olor a pan caliente que ella traía envuelto en un paño. Y recordó también las noches de invierno, cuando el fuego en la chimenea era excusa para hablar de todo y de nada.
Los minutos se alargaban como si hubieran perdido la obligación de avanzar. Miguel se levantó con esfuerzo, arrastrando las zapatillas sobre el suelo. Se acercó a ella con la torpeza de sus años, pero sin el temblor que solía acompañarle.
—Pensaba que te habías ido para siempre —dijo en voz baja, casi como si temiera que alguien escuchara.
María ladeó apenas la cabeza, un gesto leve que él interpretó como respuesta. Entonces, sin proponérselo, Miguel comenzó a hablarle de las pequeñas cosas: del vecino que siempre dejaba la basura fuera de hora, del ciruelo del patio que aquel año había dado frutos más dulces, de los días en que el sueño lo atrapaba sin aviso y se quedaba largo rato perdido en sí mismo.
Ella lo escuchaba en silencio, y en ese silencio había una forma de ternura que lo reconfortaba. No necesitaba más. Un apenas perceptible ruido obligó a Miguel a girarse observándose recostado en la butaca con la manta caída a sus pies.