Cuando se disipa el polvo

Relatos

Cuando se disipa el polvo

Después de fichar, a las siete en punto, a Mateu ya le duelen los brazos solo de pensar en lo que le espera. Ocho horas más dentro del demoledor de hormigón: una máquina ruidosa, vibrante, que parece resquebrajarle hasta los huesos. Cada día es igual. Se enfunda los protectores, ajusta el casco y respira hondo antes de pulsar el gatillo. El estruendo retumba en su pecho, como si su corazón marcara el ritmo de cada golpe que deshace el viejo edificio.
A su alrededor, el polvo se arremolina como una niebla espesa y gris. Mateu avanza despacio, repasando vigas, derribando muros, deshaciendo en minutos lo que otros levantaron en años. A través de la ventanilla ve a sus compañeros como hablan quizá de fútbol, de política o de que las temperaturas nunca son las adecuadas. Él escucha sin oír, concentrado, sumergido en ese ruido ensordecedor.
El tiempo en la obra transcurre a golpes. Cada uno le acerca un poco más a lo que de verdad espera al final del día. Cuando por fin termina el turno y baja de la maquinaria siente una debilidad temblorosa en las corvas. A medida que se dirige al coche nota un cansancio espeso pegado a la espalda, pero también una chispa de emoción que le sube por el estómago.
Al llegar a casa, lo primero que hace es lavarse a conciencia. El agua arrastra el polvo, pero no consigue borrar del todo la vibración que aún le recorre su cuerpo. No importa: él ya piensa en su mesa de trabajo. En ese pequeño rincón del salón, iluminado por una lámpara cálida, donde guarda sus pinceles más finos, diminutos como alfileres, y las figuritas que esperan su turno.
Mateu se sienta con cuidado, como si entrase en otro mundo. Abre una cajita metálica y saca un soldadito de plomo sin pintar. Observa cada detalle: el casco, el correaje, la forma del fusil. Lo sostiene entre los dedos con una delicadeza que contrasta con la brutalidad de su jornada. Prepara los colores y respira hondo. El primer trazo siempre es un momento solemne. Hay que controlar el temblor interno acumulado durante la jornada.
Lleva meses reconstruyendo la batalla del Ebro, pieza a pieza; el paisaje, los nidos de ametralladoras, incluso la ermita de Santa Madrona. No quiere representar la violencia, sino la memoria: la historia de su abuelo, que estuvo allí con apenas diecinueve años. Mateu no pretende juzgar ni glorificar; solo quiere comprender. En las trincheras en miniatura ha colocado ya árboles resecos, charcos de barro, y pequeñas piedras que parecen auténticos cantos rodados. Cada figura tiene un rostro distinto; cada postura cuenta una historia.
Mientras pinta, el silencio le rodea. Un silencio tan profundo que parece imposible venir de alguien que pasa el día entre estruendos. Es su refugio. La vibración del demoledor se disipa, el polvo desaparece, y solo quedan los colores, los detalles, la paciencia. A veces piensa que, de algún modo, reconstruye lo que la vida se encarga de derribar.
Cuando termina una figura, la coloca con cuidado en el diorama. Se aparta un poco y la contempla. Es un instante de plenitud serena, un equilibrio perfecto entre el caos de la obra y la quietud de la historia. Sabe que mañana volverá al ruido, pero también que, al final del día, le seguirá esperando este universo diminuto donde todo puede rehacerse.