Aún respiro

Relatos

Aún respiro

A veces pienso que mi mente es un coro desordenado, una iglesia vacía donde las voces rezan sin saber a quién. Me despierto y escucho dentro de mí la niña que me llama, una mujer que contesta, un eco que no sé si es mío o si está fuera de mí. Nacho, aún duerme, su respiración es lenta y rítmica, tan diferente a la mía. Lo amo, creo que sí, pero amar no basta cuando la cabeza se llena de sombras que hablan algunas con la voz de mi madre. Madre… si cierro los ojos, siento tu olor a jabón y creo que si alargo la mano rozaré la tuya. Pero no. Solo el aire. Solo el recuerdo. Solo la fe que me queda para no perderme del todo.
Jesús, tú que resucitaste a Lázaro, ¿puedes también resucitar los pedazos de mi mente? Pienso que la fe es una cuerda que se tensa sobre el abismo: en un lado estás tú, en el otro yo, y cada pensamiento que tengo es un paso sobre esa cuerda. Dejarme caer sería tan fácil. Pero sigo caminando, aunque mis voces me empujen al vacío.
No tengo razones para sentir este peso. Tengo una vida normal, dicen. Nacho me abraza cada mañana, siempre pregunta si dormí bien, prepara café mientras sonríe como si todo fuera sencillo. Y yo sonrío también, porque mentir con ternura no duele tanto. Pero luego, cuando él se va, la casa se vuelve enorme y los pensamientos se amontonan, peleando por ser escuchados. Uno me dice que todo es felicidad, otro me recuerda que la tierra me llama, que allí está mi madre, que allí cesan los murmullos. Entonces rezo. Rezo con la urgencia de quien busca aire.
«Creo en la vida eterna», repito una y otra vez, aunque a veces no entiendo qué significa. ¿Eterna dónde? ¿Eterna cómo? Si la eternidad es sentirte, madre, quizá ya la haya empezado. Si la eternidad es esperar, entonces llevo toda mi vida en ella.
Miro mis manos. Son las tuyas. Veo mis ojos en el espejo. Son los tuyos. Tal vez nunca te fuiste, solo cambiaste de lugar y ahora estás aquí, dentro de mí. Y si es así, ¿por qué te extraño tanto?
Nacho me llama desde el pasillo. Su voz es real, cálida, humana. Lo miro y correspondo a su sonrisa, pero en mi interior otra voz dice que el amor no siempre basta, que hay amores que no alcanzan a sujetar un alma que se desmorona. Aun así, me aferro a él, como me aferro a Ti, Señor, con la desesperación serena de quien sabe que todavía respira.
Y respiro, sí. Aunque duela. Aunque las voces no callen. Porque si sigo respirando, quizá hoy el ruido se apague y quede solo tu paz, Jesús, y tu promesa: que al final de todo, cuando mi mente se acalle, allí estará ella, esperándome.